50. ¿Entonces, la felicidad?

Todos aspiramos a ser felices. Todo lo que decidimos en la vida tiene un único objetivo: la felicidad. La verdadera cuestión consiste, pues, en saber si esta felicidad es posible y de qué manera.

  • ¿Acaso no es nuestra aspiración más profunda la de amar y ser amados? ¿No son las heridas de amor las que más nos duelen? También es en el amor donde encontramos la auténtica felicidad duradera. Esta felicidad no se limita a una satisfacción personal, sino que es más bien la entrega de uno mismo a los demás. Esto no significa que el placer, los bienes materiales, la vida social, no puedan contribuir a la felicidad. Todo esto forma un conjunto de elementos que realmente dan una calidad a nuestra vida, pero que no pueden llenarnos por sí mismos. Lo que constituye nuestra felicidad y nuestra alegría es nuestra entrega y el amor que recibimos de los demás.
  • Pero esta maravillosa felicidad es, sin embargo, frágil, puesto que está sometida a nuestros límites humanos. ¡Cuántas veces nos encontramos buscando la satisfacción personal, queriendo poseer, dominar! Además, el consumismo que nos rodea contribuye a que salgamos adelante con comportamientos individualistas. Torpe búsqueda de la felicidad, que muy a menudo genera conflictos con los demás y desilusión, aunque no siempre nos atrevamos a confesarlo…
  • Por otra parte, incluso en un amor auténtico, sentimos como un límite, notamos que la alegría de estar juntos no es perfecta, que nuestro corazón aspira a algo aún más grande.

Nuestro corazón ha sido creado para un amor infinito, y sólo un amor infinito podrá llenarnos. «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», decía San Agustín.

  • Pensamos que la verdadera felicidad, la felicidad eterna que Dios promete, es para después de la muerte. Así que, hasta entonces
    En realidad, la felicidad que constituye la vida eterna en el amor de Dios comienza ahora, desde el momento en que abro el corazón para creer cuando me dice: «Tienes gran valor a mis ojos y te amo.» Dios no está lejos, se ha hecho cercano, uno de nosotros, en Jesucristo, en Enmanuel.
  • Con Él, todas las facetas de nuestra existencia reciben una luz nueva: el amor humano, el trabajo, las relaciones sociales, el arte, la belleza de la creación; toda nuestra vida, e incluso nuestras pruebas. Nuestro corazón entra con alegría en su verdadera dimensión.

Con Él, mirad que el Reino de Dios ya está en medio de vosotros, este Reino que anuncia San Juan:
«Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva (…) Oí una gran voz, que decía: «He aquí la morada de Dios con los hombres; él habitará con ellos. Ellos serán su pueblo y El, Emmanuel («Dios con ellos») será su Dios. Se enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena (…) Yo soy el Principio y el Fin. Al que tenga sed yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida (…) Y yo seré su Dios, y el será mi hijo».» (Ap 21, 1-7).

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