Espíritu Santo, Señor de la Luz (Veni Sancte Spiritus)

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Espíritu Santo, Señor de luz, desde la clara altura celestial, da tu puro y radiante fulgor.

Ven, Padre de los pobres, Ven, con tesoros que perduran; Ven, Luz de todo lo que vive.

Tú, de todos los consoladores el mejor, Tú, el deleitoso huésped del alma, concedes refrescante paz.

Tú en el trabajo eres dulce consuelo; agradable frescura en el calor; solaz en medio del dolor.

¡Oh Luz inmortal, Luz divina, visita estos corazones tuyos y llena nuestro ser más íntimo!

Si quitas tu gracia, nada puro permanecerá en el hombre; todo su bien se torna en mal.

Sana nuestras heridas, renueva nuestra fuerza; sobre nuestra sequedad derrama tu rocío; lava las manchas de culpa.

Dobla el corazón y la voluntad obstinados; derrite lo helado, calienta lo frío; guía los pasos que se extravían.

Tú, sobre aquellos que siempre te confiesan y te adoran, desciende con tus siete dones:

Dales consuelo cuando mueran; dales vida contigo en lo alto; dales gozos que nunca acaben. Amén. Aleluya
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La Secuencia al Espíritu Santo (también conocida como Veni Sancte Spiritus) se canta (o recita) solemnemente durante la Misa del Día de Pentecostés.
Se atribuye tradicionalmente a Stephen Langton, Arzobispo de Canterbury, que vivió entre los siglos XII y XIII (murió en 1228).

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