30. ¿De que recursos disponemos cuando no se pueden tener hijos?

Efectivamente tener dificultades para transmitir la vida ocasiona un gran sufrimiento a la pareja. En realidad muy pocas parejas son realmente estériles, sin ninguna posibilidad de embarazo. Alrededor del 10%, son “hipofértiles”, es decir, necesitaran mucho más tiempo para poder concebir un hijo y a veces será necesario recurrir al tratamiento.

  • Actualmente se habla mucho de la fecundación “in vitro” o “probeta” practicada en laboratorio ¿De qué se trata exactamente?

Este método consiste en provocar varias ovulaciones en la mujer, en extraer estos óvulos y fecundarlos con espermatozoides del marido. Se obtienen así varios embriones . De ellos, tres o cuatro serán implantados en el útero materno y los otros se conservarán congelados en nitrógeno líquido. Si los tres (o a veces, cuatro) embriones implantados continúan normalmente su evolución, no es raro que se proponga una “reducción embrionaria”, es decir, ¡un aborto de uno o dos embriones que a pesar de todo habían conseguido implantarse!

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En cuanto a los embriones conservados en el congelador serán utilizados para iniciar otro embarazo en la misma mujer o se donarán a otra o bien serán “utilizados para la investigación científica”

  • A este método de base, pueden añadirse ciertas variantes. En caso de esterilidad importante del marido o de la mujer, los óvulos pueden ser extraídos de otra mujer o los espermatozoides pueden provenir de un donante de esperma.
  • Si bien estos métodos representan proezas médicas y técnicas importante, suscitan ciertas cuestiones graves :
  1. La fecundación se realiza fuera del acto sexual. Esta separación entre un acto que expresa de forma privilegiada el amor de los padres y el acto que da lugar a la vida, hace que su aparición es fruto de la técnica y no consecuencia inmediata del amor. La vida pierde entonces su raíz primordial en el amor, incluso si este hijo, es obviamente amado por sus padres.
  2. stas técnicas, lo hemos visto ya, requieren la fecundación de un cierto número de embriones, de los cuales una parte será suprimida voluntariamente o a causa de las manipulaciones técnicas (la descongelación, por ejemplo).
  3. Dada la competencia existente entre los diversos equipos, los médicos pueden verse tentados a utilizar estas técnicas el mayor número de veces posible para “entrenarse” y mejorar sus propias técnicas con el objetivo de adquirir cada vez más experiencia. La satisfacción de sentirse dueño de la vida, de creerse en el origen de ella ¿No es una motivación ambigua, incluso peligrosa, para las parejas y para la sociedad? ¿Qué poder tienen?
  4. El tratamiento de toda hipofertilidad debería tener como fin restaurar en el hombre o la mujer o en los dos la posibilidad de que el acto sexual, signo y expresión de su amor, sea también fuente de vida. Ahora bien, la técnica médica proporciona actualmente la posibilidad de la llegada de un hijo sin, por tanto, curar al hombre o a la mujer de esta enfermedad.
  5. Para los casados ¿tener un hijo es verdaderamente un derecho? El hijo no es un “objeto” necesario para el desarrollo armonioso de una pareja. Es necesario que sea fruto del amor antes que de un éxito técnico. Es un don, signo de la entrega mutua de los esposos en un acto que implica a sus cuerpos y a sus corazones de forma indisociable. Un hijo no se “hace”, no es propiedad de sus padres y esto es así desde la concepción. No recurrir a estos métodos puede ser un verdadero sacrificio para ciertas parejas. Podrán superar esta prueba, si se acercar a la comprensión profunda del misterio de la vida con don de Dios y apoyándose en la gracia del Señor.
  • ¿Qué solución hay para las parejas que no pueden ser padres?
    Lo primero, saber esperar y no precipitarse buscando una solución médica compleja, cuando a veces la paciencia puede bastar. Por otra parte, abrirse a la posibilidad de otro tratamiento pues la probeta se ha convertido en la única respuesta a todo intento solucionar la hipofertilidad, habiéndose abandonado otras líneas de investigación en la materia.

Quizás también se puede pensar en otro tipo de fecundidad, dedicando tiempo, energía y propias capacidades a una causa que resulte verdaderamente importante. También se puede pensar en la adopción, acogiendo a uno o varios niños que podrán encontrar así la familia y el amor que les ha faltado en el comienzo de su vida.

Testimonio

Soy medico especialista en inmunología y me casé hace 30 años. A pesar de nuestro deseo, al cabo de dos años de matrimonio aún no teníamos hijos. Por obediencia a la Iglesia, descartamos la posibilidad de la reproducción asistida aunque la decisión no fue fácil.

El día de la ordenación de un amigo como diácono, le pedimos “Francisco ¡reza porque tengamos un hijo! María José fue concebida dos meses después de la ceremonia y François es su padrino.


Testimonio

Nos casamos como la mayoría de las parejas convencidos de que no tendríamos que esperar mucho para tener descendencia. Pero después de varios meses tuvimos que rendirnos ante la evidencia: no tendríamos nunca la alegría de esperar un hijo. Nos hicimos por supuesto todas las pruebas posibles e imaginables y nos sometimos a varios tratamientos sin resultado. Fue una experiencia dolorosa, cada vez que sabíamos que alguien había tenido un hijo, sufríamos.

Entonces, lentamente, comenzamos a pensar en la adopción. Habíamos rezado mucho para tener un hijo y, a la vez, sentíamos que esta oración nos preparaba par vivir algo diferente. Fue un “duelo” interior que requirió bastante tiempo. Me di cuenta de que iba por buen camino cuando pude ocuparme de los hijos de los demás con serenidad.

¿Seremos capaces de amarle?

Pero estábamos aún llenos de miedo ¿podríamos amar verdaderamente a un hijo por el hecho de serlo? Sería un hijo en que no nos podríamos reconocer en absoluto, un hijo que tendría una parte de misterio, un origen, una historia totalmente desconocida. ¿Y si después tuviéramos un hijo nuestro? ¿Seríamos capaces de amar al primero de la misma manera?

Una frase muy sencilla nos ayudó mucho en ese momento “Cuando veáis a un niño que os tiende los brazos diciendo “Mamá, papá” ya no tendréis miedo”

Y eso fue lo que sucedió. Pasando por alto los detalles de todos los trámites, reuniones, entrevistas, esperas, Miriam llegó desde su India natal. No sabíamos nada de ella, sólo su nombre y su fecha de nacimiento. Pero tuvimos la sensación de conocerla desde siempre y se convirtió en “carne de nuestra carne”. Sin duda había sido nuestra oración por ella, mientras esperábamos su llegada, la que nos había unido tan profundamente.

Nos maravillamos al constatar toda nuestra capacidad de amor: muchos de nuestros temores desaparecieron rápidamente. Nos dimos cuenta de que Dios nos hacía un regalo extraordinario, por el cual le damos gracias cada día. Adoptar un hijo no es un mal menor si no una gracia especial.

Hoy sabemos que los pensamientos de Dios están muy por encima de nuestras propias formas de concebir las cosas, porque son para nuestro bien, pese al sufrimiento que Él nos enseña a ofrecerle y que Él hace fecundo.

Miguel y María Elena

P.S. Nos preparamos a vivir una nueva aventura, puesto que esperamos la llegada de un hermanito para Miriam dentro de algunas semanas.

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