33. Bien o mal: ¿soy yo el único juez de mis asuntos?

El hombre ha sido creado libre y siempre conserva el gusto por esta libertad, que se expresa, sobre todo, en lo que elige y decide. Se puede incluso decir que una acción sólo es humana si es libre.

  • Hoy día, muchos consideran que, puesto que son libres, nadie debe decirles lo que está bien o mal. No obstante siempre aceptamos, en mayor o menor medida, ciertas normas, como por ejemplo, no asesinar o no escandalizar a un niño, pero esto no ocurre así con todo.

Muy a menudo nuestro juicio se ve influido por los comportamientos y la opinión más generalizados. Sin embargo, el hecho de que mucha gente tenga una misma opinión, no implica necesariamente que sea correcta. Si nos fijamos bien, veremos claramente que no siempre están en lo cierto. A veces, incluso, nos comprometemos de mala gana en cuestiones que, en el fondo, reprobamos.

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  • No podemos inventarnos el bien y el mal. No dependen de nuestra opinión o de la de los demás. Existe un orden del mundo (a veces se habla de “ley” natural) ya que así ha sido creado. Este es el significado del libro del Génesis cuando habla del único mandamiento que Dios dio en el jardín del Edén: “No comerás del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.” El pecado original (ver cuestión 31) consiste en el intento, por parte del hombre, de ocupar el lugar de Dios para decidir en vez de Él sobre el bien y el mal.
  • Así pues, si no fuimos los inventores ni del bien ni del mal, ¿cómo podemos reconocerlo? Todo hombre ha recibido lo que denominamos “conciencia”, que “es el centro más secreto del hombre, el santuario en el que está solo con Dios y en el que su voz se hace oír.” (1) La conciencia puede ayudar a cada hombre a orientarse hacia el bien. Pero para ello es necesario escuchar su voz. También hay que iluminarla y formarla mediante la práctica habitual de buenas acciones (virtudes), con la inspiración del Espíritu Santo en la oración. “Imprimiré mi ley en sus entrañas, y la grabaré en sus corazones.” (Jer 31, 33). Por último, escuchando a la Iglesia que nos ayuda a discernir el bien y el mal a la luz de Cristo.

(1) Concilio Vaticano II, La Iglesia en el mundo actual 16

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