42. Si dios es bueno, ¿por qué existe el sufrimiento?

A lo largo de la vida todos nos encontramos un día u otro frente a un sufrimiento de forma permanente o en nuestro entorno cercano. Es desgarrador. Todo se derrumba… Se plantea la cuestión de ¿por qué?, y sobre todo, ¿por qué yo? ¿Qué mal he hecho? En esos momentos, o nos desmoronamos, o nos rebelamos, lo que en ambos casos nos puede alejar de Dios.

  • Se trata de una reacción totalmente humana y normal, puesto que el hombre no fue creado para sufrir. Este sufrimiento, que rompe de nuestra cómoda vida y nos abre una brecha en el corazón, pone de relieve nuestra necesidad interior de ser felices. En el fondo, el sufrimiento está relacionado con el misterio más profundo de nuestro ser, ya que nos recuerda el bien para el que fuimos creados (la felicidad) y del que nos vemos privados. El sufrimiento se manifiesta en forma de carencia. Por eso no lo podemos aceptar espontáneamente, porque en sí mismo es inaceptable. Nos da miedo y lo rechazamos, porque estamos hechos para la vida. No obstante, más allá del miedo, el sufrimiento nos hace descubrir una timidez, una especie de respeto y, más profundamente aún, la compasión. Hagamos lo que hagamos para evitarlo, estamos indefensos ante él. La causa es que el sufrimiento, el mío y el del prójimo, están vinculados con este misterio que me resulta tan cercano porque es el mío. Un misterio que a su vez me supera: el misterio del hombre, el misterio del mal y de su raíces en la historia y el alma humanas…
  • Así pues, en realidad, es a Dios a quien preguntamos por qué, a Dios como Creador y Señor del mundo. Tal vez pensemos que Dios es el autor del mal. “Si Dios fuera bueno, no lo permitiría, no actuaría así…” En el fondo es lo que lleva sucediendo desde el pecado original (ver cuestión 31). Dios no ha cambiado, somos nosotros quienes lo hemos hecho.
  • Pero a lo mejor tenemos algo que descubrir en Aquél que nos ha salvado del Mal: «Venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos, y cargas, que yo os redimiré.» (Mt 11, 28) Es palabra Cristo, quien dice en las Escrituras: «él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias y pecados, y cargó con nuestras penalidades» (Is 53, 4). Él, que fue condenado a muerte injustamente, para que con «sus heridas fuésemos curados» (Jn 55, 3-4).
  • ¿Qué nos demuestran su vida y lo que dice el Evangelio? No es un Dios justiciero el que se acerca a nosotros, sino un Dios humilde, “siervo que sufre”, que asume completamente la condición humana, con todo su sufrimiento, para consolarnos y ayudarnos a sobrellevarla.

“Dios no ha venido a suprimir el dolor, no ha venido a explicarlo, sino que ha venido para llenarlo de su presencia”, dijo Paul Claudel. Hasta lo más profundo.

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  • Pero Cristo va más lejos: sufre por nuestra salvación y nuestros sufrimientos junto con el suyo abren un camino que nos conduce a la vida. Dios nos invita a seguirle. Es lo que hace una joven diabética de 18 años: “Jesús nos ama y no permite que soportemos solos un dolor demasiado grande. Confía en nosotros y nos hace compartir su misión, que consiste en llevar a todo el mundo al Padre. ¡Es una alegría participar en una misión cuyo director es Dios!”

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