
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia
y reclamando vuestro socorro,
haya sido desamparado de Vos.
Animado con esta confianza,
a Vos también acudo,
¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados,
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!,
no desechéis mis humildes súplicas,
antes bien, escuchadlas
y acogedlas benignamente.
Amén.
San Bernardo de Claraval, Ad sanctitatis tuae pedes, dulcissima Virgo Maria (siglo XV)

